lunes, 18 de febrero de 2013

Carta de despedida de Lisboa y de reencuentro con París.


El próximo martes, llego a mi casita parisina en casa de Robert con vista a la torre Eiffel. Robert estará esperándome en el aeropuerto, como casi todas las veces que he llegado a París. Oscar tiene razón: es lindo tener a alguien en la llegada al aeropuerto. La lagrimita se me sale de recordar el 28 de septiembre del 2008, cuando llegué a trabajar como maestra de español a París. Fue la primera vez que llegué a vivir. Robert fue por mí al aeropuerto, y ni nos conocíamos. Cada ida y vuelta, él ha estado allí esperándome. Recuerdo el gris, la lluvia y el tráfico de las seis de la tarde de aquel viernes. No hablaba francés y no entendía lo que sucedía. Fue todo muy rápido: el avión se retrasó y Robert estaba nervioso porque llegaría después de las siete a tomar el apero con René (su tío, el buen René, quien falleció hace tres años). Yo no entendía nada de eso. Sólo recuerdo que fue rápida y gris mi llegada a París.

Cinco años después regreso a mi casita, ahora sí la declaro como ‘mi casita’, mi segundo hogar después de México. Construyo un cuarto de ducha (¡por fin! ¡No más ducha en la cocina! Qué risa con las historias de la ducha); en  navidad, me presentó a los vecinos del edificio, quienes prometieron hacer aperos en sus casas (una actriz de televisión, el dueño del monopolio de sillas de los cafés parisinos, un doctor, y claro, María, la conserje portuguesa a quien suplo cuando se va de vacaciones –attention! Por trabajar 3 horas diarias, ganaba 1200 euros mensuales); compró una nueva cama para mi llegada (¡ayer me habló para que hablara con el electricista- plomero- cargador quien montó la nueva cama!); y ahora hay internet y teléfono gratis (derecho adquirido, gracias a mi amiga Miwon, quien se quedó allí después de que terminé el master en París. Pobrecilla, seguro que por este y otros derechos que ella adquirió –en los cuales yo nunca me quise meter: yo me iba a McDo por la señal gratis de internet-, tuvo que salir a vivir al sur de París, ahora que yo regreso a París, y me aprovecharé como una free ryder de todo su trabajo). Tuve la opción de vivir sola en el Marais (¡un estudio lindísimo, pequeño como todo en París!), pero no, le hablé a Robert para ver si podía llegar con él, y él me respondió ‘bien sûr, et tu payes pas!’. Hay algo que me pone feliz en toda esta situación. Llegar a los 28 casi 29 años, no es lo mismo que llegar a los 24: ha pasado la vida –crisis, tiempos, alegrías, tristezas, París, amigos.

Tenemos el proyecto con mi amiga Miwon de regalarle al buen Robert un álbum fotográfico para su cumpleaños número 80 el 22 de marzo. Ya pedí las fotos a todos quienes han sido sus invitados: Óscar (el buen Óscar, por quien yo llegué allí y a quien le estaré enteramente por siempre agradecida, a pesar de que en su foto de perfil se ponga con su horrible jefe, el maldito genocida de Calderón), Areli, Miwon, Ángeles, mi familia (mis hermanas, mi tía, mis primos) y yo. Será un cumpleaños lindo.

Además, ya tengo los primeros dos espectáculos a los cuales iré en París. El primero es una obra de teatro (www.), invitación de un amigo de la escuela, quien es el fotógrafo oficial del evento. El segundo es otra obra de teatro (www.), quien es dirigida por el novio de mi amiga Eli. Más las que se junten. Más varias cervezas con varios amigos (a) que me ponen muy contenta. 

Estará mi escuelita que yo la quiero mucho, y mis amigas (o) a quienes yo las (o) quiero más.

Lisboa fue un recomienzo, regresar el tiempo, hacer las cosas como el corazón me dice que las debo hacer, la serendipity. Reencontrarme con la terminal de autobuses de donde salí para Madrid hace varios años, los adoquines de las colinas que este diciembre me partieron el tendón, los amigos con un porto o ‘uma cerveja’ cocinando borrego al horno, una pareja de enamorados al lado del río Tajo a las 2 am. Un eterno ‘sí’ y ‘no’: “me falta la letra ‘r’ en el alfabeto de mujeres, ¿quieres ser la ‘r’?” “A mí, sólo me falta la letra ‘ñ’ ¡Lástima que en portugués la letra 'ñ' no existe!” (Gracias, buenas noches, ni con tu Bmw me despiertas. Me voy a dormir, aunque ésta sea tu casa); “¿vienes a Cabo de Espichel, donde hay un monasterio en el extremo occidental de Europa?” “siii, y desayunamos bifanas con cerveza en el camino”; “Te llevo a Nueva York, ¿te puedo dar un beso?” (en portugués), “nooo” (y grité en la calle. ¿Y al hombre quién le dijo que con decir que me va a llevar a Nueva York me va a conquistar? Y ni por ser tan guapo, ni con Nueva York, me va a dar un beso. Y cuando terminé de gritar, me fui a dormir).

Y claro, la escuela con mis compañeritas vistiendo tacón y uñas largas; la alarma de la residencia sonando a las tres de la mañana porque a Rebeca ‘la midnight cooker’ se le ocurrió hacer pasta; la mermelada que robo a las escuinclas que se burlaron un día de mi en la cocina (¡la venganza es dulce!); la limosnera quien me quitó de mi asiento en el metro, regresando a media noche de su trabajo sacando las monedas de su bolso; la vista al cementerio Prazeres en casa de mi amiga Angela; las historias de mi amiga Angela, quien trabaja en los hospitales psiquiátricos de Mendoza, donde tiene a los reos menores como pacientes (en vez de ir a la cárcel, van al psiquiatra), del chico que robaba en Mendoza y quien estaba orgulloso de su trabajo en una gran casa, la botella de vino Malbec de su región que nos regaló; la vista al parque en casa de mi amigo Jesús con las comilonas, que finalizaban con un pastel de naranja; las historias de Jesús de su padre comunista, su primera novia Esther quien se casó con el tipo más rico de Toledo, de Puerto Rico y los bailes al lado de la playa; las historias de Manú de cuartos de músicos con vista al Tajo, de los ojos de pasión de sus padres, de su padre quien partió a los 11 años solo a Venezuela, de su hermana ‘virgen’ en Madeira, de su gata Frida, de su roomie ‘Amaru’ quien baila en ‘Cats’ y usa tangas (como las que usaba yo, y que desde hace un mes, la academia de París las catalogó ‘totalmente out’), de la tierra que se separa y ebulle en Islandia; el buen mole que trajo Robert del molinillo de Naucalpán; la sonrisa de Paloma y sus historias de los negros quienes bailan en Salvador Bahía; nuestra feijoada y nuestras películas de manifestación en el Mob de Bairro Alto con los graffitis de las ‘Pussy Riot’.

Insisto. Me da tristeza haber cambiado todo esto último por mi fin de semana en Porto y el otro en Madrid en enero. Ni modo. Me alegra sentirla. Eso significa que quiero algo en la vida: alegría, trabajo, paz, tranquilidad, pero sobre todo, trabajo. Insisto. Cagarme de la risa de decirle al tipo que sea mi letra ‘ñ’ (o sea nunca), significa que ya soy consciente de lo que me gusta. Y sí, hay que hacer concesiones, pero lo que a una no le gusta, ni con un Bmw a una la convencen. Además, como le decía a Jesús, a mí se me hace que era virgen, y dijeron a ésta nos la chamaqueamos para que saquen al amigo del apuro, y no señores, conmigo, necesitan más que un Bmw, una francesinha, un croissant, unos pescados a las brasas en un restaurante de pescadores (en realidad, fue una de las mejores últimas invitaciones a salir que he tenido últimamente. Y el tipo posiblemente era bueno: doctorando en literatura y director de una escuela. Simplemente que no me gusta que se hagan los nefastos conmigo y que se pongan borrachos en la primera cita). Pero bueno, por eso, ahora que llegue a París en vez de irme a darme unos buenos besos al lado del río Sena para amanecer al día siguiente con el cuerpo partido en dos, me voy a ir a ver una peli con mis amiguitas y discutir al lado del Canal St Martin qué estamos haciendo tan mal para que estemos tan solteras (aunque mi hipótesis es que no somos dejadas y ni calladas, y como la mayoría de mujeres malacostumbra a los hombres callándose y dejándose, otras tenemos que soportar tener patanes en las citas).  


(Cabo de Espichel, enero 2013)

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