domingo, 5 de mayo de 2013

Versalles: nostalgia turística de una monarquía

Ante la próxima partida de mi amiga Eli a Chile (y después a la Patagonia Argentina), decidimos ir a despedirla con un picnic en los jardínes de Versalles. Al llegar, anunciaban una cola de dos horas en el castillo para obtener boletos. Es paradójico -aunque como diría mi padre 'es como es'- que en la laica república francesa haya una cola de dos horas para ver los símbolos de la antigua monarquía. Versalles está en el top ten de los sitios turísticos en Francia; el resto de monumentos: la Torre Eiffel (en el barrio 16, uno de los barrios más caros de París), el Museo del Louvre (palacio en el barrio 1, al lado del Sena, uno de sus mayores atractivos son las colecciones de arte egipcio, italiano, holandés, francés, amontonadas y reamontonadas, repartidas entre todas las salas) y Mont St. Michel. 

En Versalles, antes de entrar al palacio y a los jardínes, uno es recibido por la estatua de Luis XIV sobre un caballo, el cual tiene amarrado un moño en la cola (Annie señalaba que ese moño se los ponen para que no caguen ¿?). Cargadas con mantas, vinos y generosa comida, nos sentamos al lado del Gran Canal, donde nadaban unos simpáticos cisnes y patos. Después del picnic (quesos cremosos de Burgoña, humus, baguettes, pan de cereales, soya, tarta de limón -¡yeeeei! esa fue mi contribución y fue muy aplaudida-, vinos blancos de Burdeos), decidimos hacer una caminata a través de los jardínes, cuya particularidad es que los árboles están cortados en formas geométricas (cuadrados, rectángulos, círculos, triángulos).

Mientras caminábamos bajo uno de los primeros soles primaverales (¡gracias Luis XIV, rey Sol!), nos daba risa las curiosidades de la vida. En Europa, los países escandinavos -Suecia, Noruega y Dinamarca-, siendo tan aplaudidos y alabados en sus democracias, cuentan con una monarquía. En el verano del 2010, en Estocolmo, 'me tocó estar en la boda' de los príncipes (la princesa quien se casó con su entrenador), proyectada a través de las grandes pantallas de televisión colocadas en las calles. El palacio de los reyes suecos está en una isla, a la cual uno llega en bote. En Holanda, siendo aprobado el uso de las drogas, teniendo desde hace varios años aprobados el matrimonio homosexual (sin las manifestaciones que ha habido en Francia), y teniendo la figura de 'tres padres' (madre-madre-madre, padre-madre-padre, y cualquier otra combinación posible), la semana pasada coronaron a una chica de Argentina como reina de Holanda (por cierto, el padre de ella fue ministro de Agricultura durante el tiempo de la dictadura de Videla. A cambio de darle la corona llena de piedritas, le pusieron como condición que sus padres no fueran a la boda, y ella aceptó). Por otro lado, en países como Portugal, Grecia o Italia, cuyas democracias son muy cuestionadas, la monarquía cayó hace varias décadas. En Portugal, un grupo de anarquistas le cortaron la cabeza al rey y a su heredero a principios del siglo XX en la Praça do Comercio (como me regocijé la primera vez que escuché esta historia). España es una excepción a estos países. Sin embargo, en España, como condición para irse del poder, los franquistas impusieron traer al rey de una isla en Italia, en la cual estaba refugiado. Curiosidades de la vida. 

Mientras que en la laica, republicana y fraternal Francia, se introduce la legalización del matrimonio homosexual; la introducción de las tecnologías biomédicas para la procreación; la prohibición del uso de símbolos religiosos en espacios públicos; las protestas del partido político Front Gauche, liderado por Melenchon, en contra del sistema financiero; la cotidianeidad de ver a los hombres cargando a sus bebés, uno de los monumentos más visitados es el castillo de Versalles, símbolo de la monarquía con todas las señales de exuberancia y egocentrismo. En éste, el recorrido está enfocado en la cortinita que era lavada dos veces por mes para María Antonieta, la vajilla del siglo donde el Rey Sol comió la sopa por última vez, el cuarto de los espejos donde María Antonieta recibía a la corte, la puertita pequeña en el cuarto de María Antonieta que guiaba a otras puertitas para escaparse del Rey Sol hacia el Trianón, el Rey Sol, María Antonieta, el Rey Sol, María Antonieta. Estos símbolos monárquicos, exuberantes y demás adjetivos aledaños son fotografiados por miles de turistas en una Francia del siglo XXI que contrasta con aquella del siglo XVIII, donde a María Antonieta le cortaron la cabeza, pues el pueblo se moría de hambre, mientras ella comía en aquellos vastos festínes. 

Y mientras tanto, 'haiga sido como haiga sido', Francia fue el único país europeo, donde la monarquía se eliminó (ni en Gran Bretaña), sin causar un efecto de bola de nieve en los demás países europeos (a excepción de Alemania -aunque no sé mucho las historias de reyes de Alemania). Y aún así, el Castillo de Versalles es uno de los monumentos más visitados en el mundo, donde para entrar a sus dominios, hay que estar dos horas bajo el sol y así poder admirar la exuberancia monárquica de la Francia del siglo XVIII.

domingo, 24 de marzo de 2013

Saudades do Brasil

En París, la política municipal de las bibliotecas le ofrecen a cualquier habitante el acceso a una colección de 200 mil documentos entre materiales bibliográficos (libros, revistas, comics) y de multimedia (en multimedia, están incluidos los discos, los juegos de video, DVD). Es gratuito. Uno tiene derecho a guardar durante tres semanas los materiales.

Allí, he conocido verdaderas joyitas: un libro precioso sobre las leyendas rusas con litografías de Iván Bilibin (un litógrafo ruso de principios del siglo XX, traducido al francés. Ese libro lo vería posteriormente en casa de Annie, en su versión rusa); unos doscientos discos que copie 2009- 2010 y ahora están en mi compu donde están incluidos Sergei Rachmaninov (pianista ruso, quien fue prohibido durante la época soviética, debido a su influencia religiosa), Anthony and the Johnson, Sigur Ros, Einstürzende Neubauten, Avantasia, y muchos más; o objetos más modestos como los títulos de Le Clézio, editados por Gallimard.

Una de mis bibliotecas favoritas es la André Malraux (la primera vez que me lo crucé fue con 'La condición humana' en la biblioteca de mi padre bajo el título de 'Literatura Universal. Francés') sobre el Boulevard Saint Germain de Prés, a dos cuadras de la EHESS. Es mi favorita pues hay toda una colección versada en la historia, la filosofía y la política. Al llegar, todo me dan ganas -Levi Strauss, Goffman, Arendt, Lacan, Butler, Aaron, Hartog, la loca de Mead, Duflo, y otros-, y termino con pilas de libros en las manos, aún cuando sólo tenga tiempo de 'leer' uno durante mi expedición. Sobre los carritos de libros para ordenar, había varios de Robert Castel -es comprensible por su recien muerte.

Entre las joyitas de mi última expedición fue 'Saudades de Brasil', ensayo fotográfico del viaje que hizo en los años treinta a Brasil, de Levi- Strauss ¡Qué tipo! Murió en noviembre del 2009. Recuerdo el día de su muerte. Tenía seminario con Arlette Farge (¡otra doñaza!), quien escribe sobre la historia de mujeres prisioneras en el siglo XVIII. Me lo recomendó mi amiga Kenya, quien trabaja con la historia de la educación en México y su director es Roger Chartier (¡qué risa con sus seminarios en el College de France! Mientras en la primera sesión del seminario de Chartier, la sala tenía 80 personas; al cabo de la cuarta, en la sala, sólo habíamos 15. Yo desistí a la quinta, pues me quedaba dormida). Un amor Arlette: empezaba sus seminarios hablando de exposiciones y la actualidad política en Francia/ el mundo/ la academia. Era una sala pequeña en el 54, Boulevard Raspail, antes de que la EHESS se cambiara a Avenue de France, al lado de la Biblioteca Nacional. Con lágrimas en los ojos decía 'Hier, Levi Strauss est mort. Il etait un ami trés chér de moi. Il est parti le dernier des grands. Et maintenant? Et maintenant?'.

Me gusta la palabra 'saudades'. No tiene traducción al español. Es una forma de 'te extraño', mucho más melancólica. Eu tenho saudades de você. La única vez que yo recuerdo haber soñado en un idioma extranjero, apareció la palabra 'saudade' en mi sueño. En los años treinta, Levi Strauss hizo un viaje a Brasil, específicamente incursionó a la parte central del Amazonas. En su ensayo fotográfico, aparece retratada toda la expedición: cuando se les atascó el carro en los pantanos, la tribú nómada de Nabiwara del Amazonia (quienes se redujeron en los años cuarenta y setenta, por una epidemia de varicela), las ciudades con reminiscencias italianas de Goia, las piguas (unas especies de barcos), otras tribús donde las mujeres se pintan las caras en forma de flor. Me gusta la foto que está anexa por la sensualidad de la mujer. Las de las otras tribús les tienen envidia.

Alguna vez con mis amigas en París, hicimos una sesión fotográfica de desnudos con varias cámaras reflex, luces de teatro (una de ellas tiene acceso al material de teatro), mantas. Toda una instalación. Es la nueva moda en París. Ahora en vez de preguntar '¿Ya te tomaste la foto en la Torre Eiffel?'. Ahora se pregunta '¿Ya te tomaste fotos desnuda con tus amigas?'.Yo, por ejemplo, no llegué a tener la misma sonrisa ni la sensualidad de la mujer de esta foto. En la mayoría, tengo los ojos cerrados, o el ceño fruncido, o la cara con altivez inclinada hacia arriba. Supongo que me sentía intimidada por los cuerpos esbeltos de mis amigas, su ropa interior (y eso que en mi guardarropa, las tangas desaparecieron hace varios años, sino hubiera ido directo al hospital de depresión) y los olores ¡Qué impresión! Mientras unas olían a 'Anne, je sais pas quoi', otras olían a olores ácidos orientales, y yo, es un olor agrio (¡y me baño diario!). No comprendo con que tenga que ver el humor, porque estoy segura que no es la comida (digo, en Francia, no como chile, y lavo mi ropa) ¿El humor fuerte? Es parecido al olor de mi padre. Todo esto para decir que me gusta esta foto con la pancita de la mujer, sus senos pequeños, y su sonrisa con dientes de mazorca sentada al lado de otra mujer quien también sonríe. Mi primo dice que me parezco a ella. Sí, es posible, aunque repito yo no logré la misma sonrisa desnuda.

Por último, dos anécdotas. Antier, bajó Michel, el vecino retirado del sexto piso, quien fue director (o un puesto muy alto) en el Ministerio de Salud, y estuvo en las comisiones para incorporar los medicamentos genéricos en Francia. En un apero, fue él quien introdujo el tema de la United Fruit Company en Guatemala. Su esposa, Chantal, una doñona quien no se casó por la iglesia, ni bautizó a sus hijos, a pesar de haber sido criada con todos los valores cristiano- católicos. Michel vino a felicitar a Robert por su cumpleaños. Nos contaba que cuando trabajaba en el SAMU (Sindicato Nacional de la Ayuda Médica) tuvo una misión para ir a la Guyana Francesa (wow! Mi única referencia era la película 'Papillon' de Dustin Hoffman, basada en una novela) para darles una pensión mensual por ser 'ciudadanos franceses'. La comunidad, fronteriza con el Amazonas brasileño, no tenía carreteras, ni puentes. En la comunidad, no había moneda tampoco. Llegó en un helicóptero, después de una tormenta donde la visibilidad fue nula durante diez minutos. Al llegar, los recibió una comunidad de hombres con taparrabos. Al cabo de diez días, de haber recibido la pensión, del lado del Amazonas brasileño, 'mágicamente', se construyo un puente, y la comunidad tuvo acceso a través del puente al camino para gastar la moneda que recientemente habían adquirido. Puntos de interrogación.

La última fue en el avión, cuando Michel iba a un congreso de pueblos indígenas (creo), se sentó al lado de él el jefe del pueblo indígena (él no tenía mayores datos, y si los dijo, no me acuerdo). El jefe del pueblo tenía tatuajes en los brazos, las manos (¿la cara?). Vestía una playera y pantalón vaquero. Al sentarse, le dijo a Michel 'Soy indio'. Y Michel dijo 'ok'. Parecido a las imágenes que yo vi cuando trabajé como traductora en el Congreso de Pueblos Indígenas, en Naciones Unidas, en Nueva York, 2011.





martes, 19 de marzo de 2013

Simone de Beauvoir

Yo tengo un problema con Simone de Beauvoir. 

Me cae gorda por dos razones. Una, por su queja constante a las mujeres que cocinan y limpian (a mí, no me causa ningun empacho cocinar acompañada de Cyril Lignac y traer un trapo en mano mientras escribo mis ensayos en casa de Robert. Mis libros no están peleados con los trapos y las cacerolas. Y sobre todo, me gusta cocinar, aunque usualmente la gente se enferme con mis guisos). Dos, por su concepto del 'poliamor' (usualmente, mis amigas quienes usan este concepto, terminan en mares y mares y más mares de llanto, y yo, en esos momentos, termino odiando con todas mis fuerzas a Simone de Beauvoir; porque lo que sucede es que sus novios terminan con dos o tres mujeres, y ellas terminan en ríos de llanto más grandes que el Tajo, diciendo 'es que Simone de Beauvoir se llevaba así con Sartre. Es la pasión de la que hablaba Simone de Beauvoir'. Y mientras tanto, las tesis bien gracias). 

Me cae bien, porque es ídolo de mujeres a quienes yo admiro (por ejemplo, las Pussy Riot: ¡que chicas!), y también porque su lucha fue porque las mujeres leyeran más. No sé tampoco si la lectura traiga mayor educación (leyendo al personaje principal de 'De Tunéles, héroes y tumbas' de Ernesto Sábato -chapeau!- decía que la época donde hubo mayor educación en Alemania, fue durante la época hitleriana. Desolador), aunque supongo en algo se debe creer, y venga, creamos en la ciencia y en la educación.

Pero bueno, volvamos con Simone de Beauvoir.

En términos prácticos, hay una queja constante de que las mujeres no se acercaban a los libros, y que fue hasta que Simone de Beauvoir llegó que se descubrió la rueda del carro de la mujer 'intelectual' (cálmate amiga). O al menos, se la toma así. A mí me parece errada esa apreciación. Tan sólo bastaría analizar la selección de la pareja de los grandes escritores y pensadores. Rascarle un poquito en las dedicatorias de los libros (en los trabajos de Ernesto Sabato, están siempre las dedicatorias a su esposa, cooosito, ^_^. Obvio, en el proceso de creación de una obra, alguien tiene que servir como interlocutor -y no es cualquier interlocutor-, y no sólo eso, sino también alguien quien se ocupe de los asuntos prácticos del hogar -cocinar, pagar las cuentas del banco, ir al super. Como cualquier animal, el escritor 'intelectual' tiene hambre al menos tres veces al día, como cualquier ciudadano hay deberes con el Estado y el sistema financiero que no esperan a que 'Economía y Sociedad' esté terminada para ser solventadas), y si no están en las dedicatorias (que que ojetes serían), entonces buscarle en las historias de pareja, los diarios íntimos. Hoy, por ejemplo, corroboré este presentimiento, al ver que la esposa de Max Weber fue doctora en sociología (http://refugiosociologico.blogspot.com.es/2013/03/las-madres-de-la-sociologia-el-papel-de.html). Los grandes escritores de antes del siglo XX no estuvieron casados con n'importe qui', necesitaron una interloctura, y esa interlocutora seguro nació antes que Simone de Beauvoir.

¿Qué más? Me parece también peligroso no prestar atención a las rupturas que cada mujer va haciendo respecto a la generación anterior. Por ejemplo, mi abuela María no fue a la universidad. Sin embargo, ella salió de San Bartolo Morelos, en el Estado de México, de una familia otomí, a los 11 años directo al internado, porque quería aprender a leer. Un internado entre las montañas cerca de Toluca, donde les enseñaban a hacer mermeladas y a leer. Acabando el internado, a los 18 años, llegó sola a la ciudad de México en los años cincuenta en pleno apogeo industrial y urbano de la ciudad para trabajar en una mercería, donde le daban el hospedaje y alimentación. La distinción, como lo llamaría Bourdieu en su trabajo de 1979, de mi abuela María respecto a sus hermanas fue utilizar vestidos, cintos y uñas largas. Conocer a  Miguel Barón, señor de un metro y noventa, blanco, en una feria y casarse con él. Y bien o mal ('haiga sido como haiga sido'), vivir en la colonia Portales en la ciudad de México, y no en San Bartolo Morelos, a donde no quiso regresar porque todos hablaban de todos, y encima debía cocinar en los entierros para toda la comunidad. La urbanización, el progreso traído con los vestidos, las uñas largas y un hombre distinto de los hombres del campo de San Bartolo. Además, esto es cosecha mía, usar excusado, en vez de estar en pleno campo con el peligro de ser mordido por los puercos del corral (asi murió el tío fulanito de tal). 

¿Y Simone de Beauvoir? Con mis amigas, sigue siendo tema de discusión, aunque me parece ahora un poco ocioso: todas nos conocimos en níveles superiores a la universidad, en el extranjero, hablando más de tres lenguas, y con una experiencia básica en la cocina. Sin embargo, su nombre ha motivado otros nombres, lo cual siempre me da gusto. Por ejemplo, hablando sobre Simone de Beauvoir con mis amiguitas cuando estaba en Suecia (no sé porque es un tema recurrente en ese país. Una vez mis juicios sobre diosa Beauvoir, terminaron en reproches por parte de mi amiguita Miwon: 'How do you dare to speak like that about Beauvoir?'), resultó que una vecina de Karo, importante feminista en Suecia, está impulsando una reforma para que las chicas hablen en los salones de clases, y no sean los hombres con el monopolio exclusivo de la palabra oral. Es decir, que mis ex alumnas como Ruth, Lucila o Leslie se animen a exponer sus puntos de vista, y no sólo sean Julio, Salvador, o Edgar. Esta feminista, muy bien, en pro de que se afinen las cuerdas bucales de las chicas.

Como sea. Si es de feministas, yo me quedo con Domitila Chungara, muerta hace un año, quien peleó contra la dictadura y las mineras en Bolivia, refugiada en Suecia. Ella me cae bien por su idea de que el hombre y la mujer deben pelear cote a cote, y el reconocimiento a las compañeras que estuvieron con sus hombres peleando contras las mineras (http://revistalamalapalabra.blogspot.fr/2012/03/murio-domitila-chungara-la-ama-de-casa.html). Después de que viví en la comunidad La Lupita, en Guatemala, comunidad de retornados de México, donde hay una organización de 'mujeres', receptora de fondos de organismos internacionales catalogados para la 'mujer', me quedó más claro. Los fondos que recibían las mujeres eran destinados para la parcela trabajada en conjunto con el marido. Era para el conjunto familiar, a pesar de los miles y millones discursos sobre el 'género', donde las 'mujeres esto' y las 'mujeres el otro', y 'tantos quetzales para las mujeres', las cuales al final deciden invertirlos en el maíz, o en el mango, o en el ganado. Esto es así en  comunidades rurales e incluso de servicios (por ejemplo, la zapatería de mis padres, o las de mis tíos). La propiedad no es individual, sino conjunta entre el hombre y la mujer. Ambos van côte à côte. Al menos en principio.

domingo, 10 de marzo de 2013

Bienvenue à Paris: moras y chocolate

Confieso que no me gustan las últimas películas de Woody Allen. Me parecen insoportables. Peor que detestar, es aburrir, y yo, me aburrí terriblemente con Minuit à Paris. La vi con mi tía Cibeles un sábado por la noche en casa de mi abuela en la colonia Nativitas. Llovía. Acababa de regresar a México. Sin embargo, lloré con las primeras escenas de Minuit à Paris al ver el Cine UGC en Odeón en el 'quartier latin'. El 'Quartier Latin' está cargado de intensidad para mí. Por ejemplo, mi primera cita en París fue en un resto de sushi a dos cuadras del cine UGC, donde al cabo de la sopa y unos makis, me besé apasionadamente con mi primer amor parisino, con caras de susto de los propietarios japoneses (¿?) del restaurante por ver mi trasero y espalda pegados a sus vitrales (hasta la fecha no comprendo su espanto: si fue por la pasión, si fue por la diferencia de edad entre mi galán y yo, si fue por mi acento, o si fue por su vidrio). Esa cita transcurrió a través del 'quai' del Sena con besos apasionados teniendo como trasfondo los barcos turísticos llenos de luces, el río, y Notre Dame alumbrado en todo su esplandor. Además con toda la pasión que una chica de 24 años, recién llegada a París, puede sentir por su profesor de clown, quien trabajó con Godard (en los últimos trabajos de Godard), residente de Montreuil (antiguo barrio comunista al este de París, ahora gobernado por el partido socialista convertido en 'bobo' -nuevos burgueses-) en una calle llamada 'Moliére' (la primera obra de teatro que yo interpreté, Le malade imaginaire, a los quince años fue de Moliére), y quien fue el segundo hombre a quien conocí cuya película favorita era Metropolis (una de mis favoritas también desde hace muchos años), ofrecía sus talleres en el quinto piso de una vecindad preciosa con un elevador metálico del barrio 11 de París con mis ex-compañeritos quienes trabajaban como actores, escritores, profesores y enfermeros. Nada de presunción: así fue. Como mi hermana me decía hay unas historias de amor/ pasión (¿?) que transcurren en el Sena y hay otras que transcurren en los salones de la Facultad de Ingeniería de la Autónoma de San Luis (y sí, ahora ella espera que le den el anillo de compromiso, y yo, espero terminar un ensayo sobre la violencia estructural vinculada con las estadísticas de hospitales de principios del siglo XX en Guatemala mientras alzo la cara y veo la torre eiffel). Cuando iba al consultorio de mi dentista Clara en San Luis, sentada en su silla dentaria, con la luz del aparatejo pegado en mi rostro, volteaba a mi lado derecho, veía la pintura del Sena, regalo de una cliente a mi dentista, y yo tenía añoranzas de aquellos besos, mientras Clara se afanaba con la cereza entre mis molares. No sólo por sus besos, me gusta el 'Quartier Latin'. Justo enfrente del UGC, está el 'Relais de Odeón', un café donde los meseros usan corbata y chaleco cernido. Allí, tomo una vez al mes chocolate caliente con mi querida amiga Marie France, quien fue la correctora de mi tesina, ex directora del Musée de l'Homme, con quien hablamos de las chinampas que nunca llegaron al Sena para celebrar el año México- Francia en el 2009 a causa del asunto Florence Cassez, los sabores de su abuela rumana que sólo volvió a encontrar al regresar a Rumania, o el Maximón que una comunidad en Santiago Atitlán le regalaron cuando trabajaba como arquéologa en Guatemala. Ver el Cine UGC Odeón en el 'quartier latin' de Woody Allen, estando en la colonia Nativitas, y pensar que no sabía cuando más volvería a ver a estos y otros personajes parisinos, me hicieron llorar y sentir que algo se me desgarraba por dentro.

Llegué hace más de una semana a París. El recibimiento ha sido cálido. Reencontré mi casita parisina (la casita de Robert), la cual ahora podría ser titulada como 'el París que se nos fue'. Las ventanas de principios del siglo XX (cuando el inmueble fue construido), la ducha en la cocina (construido en la década de los cincuenta, cuando la higiene se convirtió en un asunto concerniente al espacio familiar), la alfombra rosa de mi cuarto y del pasillo central, la vieja alacena de madera, la cama donde dormían los padres de Robert, la parrilla eléctrica, la vajilla compuesta por un conjunto de piezas desiguales (donde primaban mayoritariamente platos concavos de plástico, provenientes de los vegetales empacados que Robert come debido a la rapidez de prepararlos en tres minutos en el horno de microondas) han desaparecido. Esto ha dado lugar al parquet, doble ventana, un cuarto de ducha, mi cama estilo japonés, un escritorio blanco desde el cual trabajo y sólo de alzar los ojos veo hacia la Torre Eiffel, y una cocina la cual está siendo completamente equipada (una estufa eléctrica con cuatro fuegos, vajilla, cubiertos, vasos, un horno -con el cual me estoy versando en la preparación de los quichés-, licuadora y hasta olla express). Es la primera cocina, donde yo hago y deshago a mi placer -por fin. Además, ahora hablo en portugués con la concerje, María, quien forma parte del éxodo portugués llegado a Francia en los años sesenta ('bom dia, como você vai?'), donde tomaron los trabajos de concerje ofreciéndoles el departamento del primer piso gratuitamente junto con una cava y un cuarto de 'mucama'. El buen Robert, a quien de regalo de cumpleaños, le regalaré un libro sobre 'historia de Corea del Sur' (supongo que fue la ignorancia lo que no hizo el click con mi amiga Miwon), y lo invitaré a un buen restaurante cerca de Montparnasse.

Reencontré a mi amiga Annie, antigua profesora de ruso, casi retirada, de origen polaco, con quien solía ir a la ópera y/ o a exposiciones diversas, en una cena preparada por ella, donde la peculiaridad fueron las entradas: foie grass con pan brioche a mi lado derecho y a mi lado izquierdo, una simpática naranja ensartada con palillos de zarzamoras y moras, provenientes de México (existen 22 mil hectáreas cultivadas de moras en el mundo, principalmente Serbia, Estados Unidos y México; de ellas, 8 mil son producidas en México, con el 96% de la producción concentrada en Michoacán), y champaña proveniente de una casa vinícola en el departamento de Champagne al noreste de París. La amistad México- Francia en una mesa, ofrecida por mi amiga. Esa botella la compramos juntas hace dos años. Le conté de las cartas diarias a mi madre vía gmail o hotmail -en su defecto-, mientras ella me contaba que cuando vivía en Smolensk, en la antigua Unión Soviética, debía ir tres días antes a avisar a los telégrafos de que llamaría por teléfono en Francia. Tres días después, ella regresaba, y aún debía esperar una o dos horas para que la comunicaran con su madre. Mi querida amiga Annie, quien los doctores la acusan de esquizofrenia con episodios cruzados de otras historias, por los cuales ella llora. Ella está entre las pocas católicas a quienes quiero y admiro, y en sus crisis, tengo miedo. Difícil la combinación.

También reencontré a Marie France en nuestro lugar de siempre 'Le Relais de Odeon'. 

A ellos, más al resto de mi familia parisina (Miwon, Eli, Alondra, Benedicte, Delphine, Juliana, Adri, Itzel, Chabe, Ana, Victor) en diferentes escenarios: cenas, sesión de fotos divertidas con mis amigas, celebraciones e inauguraciones de obras de teatros con la debida champaña, kir, foie grass y baile de por medio.

¡Y ahora a trabajar!

sábado, 9 de marzo de 2013

Comedia de confusión en el barrio 18 o percepciones de la seguridad

El Barrio 18 

Marcela- activista, abogada de la organización que combate las patentes de las farmacéuticas de los medicamentos para el SIDA en Brasil y en el 'mundo' (estuvo en la Conferencia de Washington del año pasado, enfrente de la Casa Blanca, y en los juzgados, peleando contra las farmacéuticas por las patentes), originaria de Sao Paulo- y Sergio- diseñador gráfico, oriundo de Sao Paulo- los conocí esa noche por medio de mi amiga Juliana -activista, doctoranda de Historia de la Ciencia, oriunda de Salvador Bahía, quien vive en lo que fue el departamento de Erik Satie (aún recuerdo la primera vez que supe de la existencia de Erik Satie en una cena otoñal con Armantas, Adriana y Michelle en Linköping el año pasado. La palabra Erik Satie evoca para mí la 'serendipity') en el barrio 18- quien muy amablemente me invitó a su cena. Comimos raclette (un plato de la región de Savoie, hecho con patatas y queso fundido, el cual es acompañado con carnes frías y pepinillos), tartiflette (patatas derretidas con queso y tocino), acompañadas con un vino blanco de Savoie. Después de tan generosos platos llenos de colesterol, hicimos un pequeño paseo por la montaña del Sagrado Corazón a través de las escalinatas alumbradas con los faroles, atravesando los jardínes caseros. El 18eme es conocido por ser el barrio de los artistas e intelectuales de París. Allí, hace algunos años, conocí a un director de teatro, quien tenía invadido su comedor con cubetas debido a las goteras, usaba lentes con armazón rojo y presentaba sus obras en uno de mis lugares favoritos en el mundo -la Cartoucherie. También a una clown, cuyo cabello olía a eucalipto, su risa me hacía reír, heredera de un judío, quien para festejar su cumple rentó un bar al lado de Notre Dame. Mi amigo Moisés, quien vivía a la vuelta de Pigalle, quien escribe sobre los electricistas y los ferrocarrileros en el siglo XX en México. Y ahora mi amiga Juliana, quien es vecina -al menos de barrio- de estos personajes. Yo no. Yo vivo en el barrio 20, al este de París. Me doy ocasionalmente vueltas al barrio 18, sea para hacer turismo, sea para visitar la casa de estos personajes que giran alrededor del teatro y el clown, sea para visitar las sex shops sólo por curiosidad y ver qué novedades técnicas me estoy perdiendo. Es el barrio antiguo de la prostitución y giran historias en torno a su peligro por los migrantes y los negros. Recuerdo que entre las recomendaciones de mi amigo Óscar, fue ni siquiera asomar las pestañas en el barrio 18. 

Total. Allí estaba mi existencia junto con la de Marcela, Sergio y Juliana. Generosa comida, generosos tragos, hermosas vistas sobre París desde lo alto de la colina en el Sagrado Corazón y danza. Ofrecí acompañar a los visitantes -Marcela y Sergio- a que tomaran un taxi en la avenida principal. Nos despedimos de Juliana y comenzamos el descenso de la colina a través de los aparadores vintages con lámparas, teléfonos antiguos, y pinturas. 

La Confusión
En la avenida principal, entre Anvers y Barbés Rochechouart, esperábamos un taxi a las casi tres de la mañana. Sergio fue a orinar en un baño público 'portátil' en el camellón de la calzada. Marcela y yo estábamos paradas en la estación de autobus, buscando un taxi libre. Todos pasaban con el letrero en rojo. Yo, absorta buscando las sombras en la parte trasera de los carros. Alguien dijo algo. Marcela corrió. Yo voltée y al lado mío había un negro, delgado, de un metro 90. Había dicho algo, pero yo no había entendido. Le dije 'Quoi?'. Se acercó, repitiendo 'Donnez moi tout ce que vous avez, ou je vous tue) (dénme lo que tengan o las mato). En su mano derecha, tenía una navajita roja con una cruz suiza en el mango (no más de diez centímetros de largo). Vi al negro y vi a Marcela, mulata de risa franca y rizos abundantes, detrás de él. Pasó por mi mente los 20 euros que me habían sobrado de la cena, mis tarjetas de crédito, mi bolsa (regalo de 15 años de mi tía la Nena), mis números telefónicos (y que sería el tercer celular perdido en un mes). Marcela tenía cara de 'está loco'. Las dos empezamos a correr al mismo tiempo. Ella cruzo inmediatamente la calle. Yo salí corriendo hacia el otro lado de la calle, atravesando entre los carros. Cuando estaba en el camellón y vi hacia la parada de autobus, el negro había desaparecido. Encontramos a Sergio sobre el camellón, cuando ya había orinado -posiblemente entre los árboles, pues el baño público era sólo para discapacitados.

La Comedia
Subidas en el Noctilien a las tres de la mañana, Marcela, Sergio y yo reíamos de lo absurdo. Creyo que por negro, alto y estar en el barrio 18, dos mujeres 'solas', le íbamos a tener miedo ¿Cómo se le ocurre querer asaltarnos a nosotras con una navajita? Dios mío, no por nada, hemos vivido en las ciudades más peligrosas de América Latina, Sao Paulo, Guatemala, y México. Allí, sí es en serio. Sacan la pistola, te bajan del carro y te dejan desnudo. La pistola es para todo y es la ley. No por nada, en México y Guatemala, decapitados, ahorcados, colgados, el narco. Nuestras historias familiares (mi tío París a quien lo mataron en la colonia Portales en los años ochenta. Los intentos de robo a mi tía Cibeles, quien usa aretes y collares de perlas y es usuaria diaria del metro en la ciudad de México. Mis papás a quienes los amenazan con secuestros vía teléfonica. Yo, quien viví en el centro de la ciudad de Guatemala, una de las ciudades más peligrosas de América Latina, dónde a la vuelta de la casa aparecían asesinados con balas de fuego). En Sao Paulo, la mafia. Como se reía de él Marcela, 'esta louco se ele cre que eu vou deixar que me robem com uma faquinha em Paris' (está loco si cree que voy a dejar que me roben con una navajita en París). Y hoy, yo muy divertida contando mi hazaña a Adriana, oriunda de Bogota, ella me afirmó 'claro mi Rebe, una vergüenza si se hubieran dejado'. 

lunes, 18 de febrero de 2013

Carta de despedida de Lisboa y de reencuentro con París.


El próximo martes, llego a mi casita parisina en casa de Robert con vista a la torre Eiffel. Robert estará esperándome en el aeropuerto, como casi todas las veces que he llegado a París. Oscar tiene razón: es lindo tener a alguien en la llegada al aeropuerto. La lagrimita se me sale de recordar el 28 de septiembre del 2008, cuando llegué a trabajar como maestra de español a París. Fue la primera vez que llegué a vivir. Robert fue por mí al aeropuerto, y ni nos conocíamos. Cada ida y vuelta, él ha estado allí esperándome. Recuerdo el gris, la lluvia y el tráfico de las seis de la tarde de aquel viernes. No hablaba francés y no entendía lo que sucedía. Fue todo muy rápido: el avión se retrasó y Robert estaba nervioso porque llegaría después de las siete a tomar el apero con René (su tío, el buen René, quien falleció hace tres años). Yo no entendía nada de eso. Sólo recuerdo que fue rápida y gris mi llegada a París.

Cinco años después regreso a mi casita, ahora sí la declaro como ‘mi casita’, mi segundo hogar después de México. Construyo un cuarto de ducha (¡por fin! ¡No más ducha en la cocina! Qué risa con las historias de la ducha); en  navidad, me presentó a los vecinos del edificio, quienes prometieron hacer aperos en sus casas (una actriz de televisión, el dueño del monopolio de sillas de los cafés parisinos, un doctor, y claro, María, la conserje portuguesa a quien suplo cuando se va de vacaciones –attention! Por trabajar 3 horas diarias, ganaba 1200 euros mensuales); compró una nueva cama para mi llegada (¡ayer me habló para que hablara con el electricista- plomero- cargador quien montó la nueva cama!); y ahora hay internet y teléfono gratis (derecho adquirido, gracias a mi amiga Miwon, quien se quedó allí después de que terminé el master en París. Pobrecilla, seguro que por este y otros derechos que ella adquirió –en los cuales yo nunca me quise meter: yo me iba a McDo por la señal gratis de internet-, tuvo que salir a vivir al sur de París, ahora que yo regreso a París, y me aprovecharé como una free ryder de todo su trabajo). Tuve la opción de vivir sola en el Marais (¡un estudio lindísimo, pequeño como todo en París!), pero no, le hablé a Robert para ver si podía llegar con él, y él me respondió ‘bien sûr, et tu payes pas!’. Hay algo que me pone feliz en toda esta situación. Llegar a los 28 casi 29 años, no es lo mismo que llegar a los 24: ha pasado la vida –crisis, tiempos, alegrías, tristezas, París, amigos.

Tenemos el proyecto con mi amiga Miwon de regalarle al buen Robert un álbum fotográfico para su cumpleaños número 80 el 22 de marzo. Ya pedí las fotos a todos quienes han sido sus invitados: Óscar (el buen Óscar, por quien yo llegué allí y a quien le estaré enteramente por siempre agradecida, a pesar de que en su foto de perfil se ponga con su horrible jefe, el maldito genocida de Calderón), Areli, Miwon, Ángeles, mi familia (mis hermanas, mi tía, mis primos) y yo. Será un cumpleaños lindo.

Además, ya tengo los primeros dos espectáculos a los cuales iré en París. El primero es una obra de teatro (www.), invitación de un amigo de la escuela, quien es el fotógrafo oficial del evento. El segundo es otra obra de teatro (www.), quien es dirigida por el novio de mi amiga Eli. Más las que se junten. Más varias cervezas con varios amigos (a) que me ponen muy contenta. 

Estará mi escuelita que yo la quiero mucho, y mis amigas (o) a quienes yo las (o) quiero más.

Lisboa fue un recomienzo, regresar el tiempo, hacer las cosas como el corazón me dice que las debo hacer, la serendipity. Reencontrarme con la terminal de autobuses de donde salí para Madrid hace varios años, los adoquines de las colinas que este diciembre me partieron el tendón, los amigos con un porto o ‘uma cerveja’ cocinando borrego al horno, una pareja de enamorados al lado del río Tajo a las 2 am. Un eterno ‘sí’ y ‘no’: “me falta la letra ‘r’ en el alfabeto de mujeres, ¿quieres ser la ‘r’?” “A mí, sólo me falta la letra ‘ñ’ ¡Lástima que en portugués la letra 'ñ' no existe!” (Gracias, buenas noches, ni con tu Bmw me despiertas. Me voy a dormir, aunque ésta sea tu casa); “¿vienes a Cabo de Espichel, donde hay un monasterio en el extremo occidental de Europa?” “siii, y desayunamos bifanas con cerveza en el camino”; “Te llevo a Nueva York, ¿te puedo dar un beso?” (en portugués), “nooo” (y grité en la calle. ¿Y al hombre quién le dijo que con decir que me va a llevar a Nueva York me va a conquistar? Y ni por ser tan guapo, ni con Nueva York, me va a dar un beso. Y cuando terminé de gritar, me fui a dormir).

Y claro, la escuela con mis compañeritas vistiendo tacón y uñas largas; la alarma de la residencia sonando a las tres de la mañana porque a Rebeca ‘la midnight cooker’ se le ocurrió hacer pasta; la mermelada que robo a las escuinclas que se burlaron un día de mi en la cocina (¡la venganza es dulce!); la limosnera quien me quitó de mi asiento en el metro, regresando a media noche de su trabajo sacando las monedas de su bolso; la vista al cementerio Prazeres en casa de mi amiga Angela; las historias de mi amiga Angela, quien trabaja en los hospitales psiquiátricos de Mendoza, donde tiene a los reos menores como pacientes (en vez de ir a la cárcel, van al psiquiatra), del chico que robaba en Mendoza y quien estaba orgulloso de su trabajo en una gran casa, la botella de vino Malbec de su región que nos regaló; la vista al parque en casa de mi amigo Jesús con las comilonas, que finalizaban con un pastel de naranja; las historias de Jesús de su padre comunista, su primera novia Esther quien se casó con el tipo más rico de Toledo, de Puerto Rico y los bailes al lado de la playa; las historias de Manú de cuartos de músicos con vista al Tajo, de los ojos de pasión de sus padres, de su padre quien partió a los 11 años solo a Venezuela, de su hermana ‘virgen’ en Madeira, de su gata Frida, de su roomie ‘Amaru’ quien baila en ‘Cats’ y usa tangas (como las que usaba yo, y que desde hace un mes, la academia de París las catalogó ‘totalmente out’), de la tierra que se separa y ebulle en Islandia; el buen mole que trajo Robert del molinillo de Naucalpán; la sonrisa de Paloma y sus historias de los negros quienes bailan en Salvador Bahía; nuestra feijoada y nuestras películas de manifestación en el Mob de Bairro Alto con los graffitis de las ‘Pussy Riot’.

Insisto. Me da tristeza haber cambiado todo esto último por mi fin de semana en Porto y el otro en Madrid en enero. Ni modo. Me alegra sentirla. Eso significa que quiero algo en la vida: alegría, trabajo, paz, tranquilidad, pero sobre todo, trabajo. Insisto. Cagarme de la risa de decirle al tipo que sea mi letra ‘ñ’ (o sea nunca), significa que ya soy consciente de lo que me gusta. Y sí, hay que hacer concesiones, pero lo que a una no le gusta, ni con un Bmw a una la convencen. Además, como le decía a Jesús, a mí se me hace que era virgen, y dijeron a ésta nos la chamaqueamos para que saquen al amigo del apuro, y no señores, conmigo, necesitan más que un Bmw, una francesinha, un croissant, unos pescados a las brasas en un restaurante de pescadores (en realidad, fue una de las mejores últimas invitaciones a salir que he tenido últimamente. Y el tipo posiblemente era bueno: doctorando en literatura y director de una escuela. Simplemente que no me gusta que se hagan los nefastos conmigo y que se pongan borrachos en la primera cita). Pero bueno, por eso, ahora que llegue a París en vez de irme a darme unos buenos besos al lado del río Sena para amanecer al día siguiente con el cuerpo partido en dos, me voy a ir a ver una peli con mis amiguitas y discutir al lado del Canal St Martin qué estamos haciendo tan mal para que estemos tan solteras (aunque mi hipótesis es que no somos dejadas y ni calladas, y como la mayoría de mujeres malacostumbra a los hombres callándose y dejándose, otras tenemos que soportar tener patanes en las citas).  


(Cabo de Espichel, enero 2013)

sábado, 24 de noviembre de 2012

Pedro de Abrunhosa, o bien, 'ser autodidacta. Extracto de una carta


Al llegar a Sintra, la estación de tren está adornada con mosaicos arabescos. Corrí por toda la ciudad, pues iba tarde. Es una ciudad de ricos, seguro: las calles con adoquines, los edificios pintados. El Centro Cultural parece de los años cuarenta, y es estilo Bellas Artes. Cuando  entré a la sala, olía tanto a perfume. Por la ropa, me imagino que eran personas de clase media/ alta. El concierto bien: Pedro tiene muchísima energía y las canciones prendían. No sé. Solamente estaba contenta de estar allí con toda esa gente gritando, coreando sus canciones, riendo de las ocurrencias del tipo, y yo, sentada allí sin entender mucho lo que decían, tampoco siendo gran fan de este tipo (digo, no tengo ninguno de sus discos y a lo mucho había escuchado las dos canciones de la peli en mi vida), y sólo sabiendo que había llegado hasta ese lugar por una serie de ocurrencias de la vida: una clase de alumnos horribles sin motivación de aprender francés pero que querían ver una peli en francés, una película que nunca nadie renta en el Blockbuster y que tenía una guirnaldita y un nombre que me sonaba 'Mastroiani', haber sido aceptada en el doctorado y haber sido enviada a Lisboa sin ninguna explicación, y que un día por alguna razón, vi la fotografía de este tipo en una guía cultural que la encontré en algun 'lugar' y me recordó de la peli. Me imagino que saber que todo el mundo de alguna u otra manera está conectado, y hay una partecita de nosotros en todo ese desorden. También saber que en ese 'desorden', está regulada por cosas más allá de las cosas que nuestra familia y amigos saben, y que uno está 'al tanto' de ellas: instituciones culturales (la guirnaldita y el nombre 'Mastroianni'), un programa erasmus (con los consecuentes euros), un 'avión' para cruzar Portugal (con todo lo que eso significa: conocer 'embajadas'; aprender portugués; subir y bajar de aviones; cruzar aduanas; no conocer Sintra, pero saber que uno estará bien, mientras haya un tren a media noche para regresar a Lisboa). No sé como lo llamen las personas, yo lo llamo: 'ser autodidacta.  

Salí del concierto antes de que terminara, si no iba a perder el último tren a Lisboa. De regreso, me di cuenta que el Castillo de los Mouros, construido por los moros en el siglo XI en Portugal, se veía a lo lejos. Estaba iluminado encima de una colina. También me percaté de las columnas y los mosaicos estilo arabesco de la estación de trenes. Si te conte que Portugal fue 'conquistada' por los moros en el siglo XI, ¿verdad? Hay signos de ellos en Sintra y Lisboa: mosaicos, murallas, columnas. 


http://www.youtube.com/watch?v=yJiRVDpa0O4