Yo tengo un problema con Simone de Beauvoir.
Me cae gorda por dos razones. Una, por su queja constante a las mujeres que cocinan y limpian (a mí, no me causa ningun empacho cocinar acompañada de Cyril Lignac y traer un trapo en mano mientras escribo mis ensayos en casa de Robert. Mis libros no están peleados con los trapos y las cacerolas. Y sobre todo, me gusta cocinar, aunque usualmente la gente se enferme con mis guisos). Dos, por su concepto del 'poliamor' (usualmente, mis amigas quienes usan este concepto, terminan en mares y mares y más mares de llanto, y yo, en esos momentos, termino odiando con todas mis fuerzas a Simone de Beauvoir; porque lo que sucede es que sus novios terminan con dos o tres mujeres, y ellas terminan en ríos de llanto más grandes que el Tajo, diciendo 'es que Simone de Beauvoir se llevaba así con Sartre. Es la pasión de la que hablaba Simone de Beauvoir'. Y mientras tanto, las tesis bien gracias).
Me cae bien, porque es ídolo de mujeres a quienes yo admiro (por ejemplo, las Pussy Riot: ¡que chicas!), y también porque su lucha fue porque las mujeres leyeran más. No sé tampoco si la lectura traiga mayor educación (leyendo al personaje principal de 'De Tunéles, héroes y tumbas' de Ernesto Sábato -chapeau!- decía que la época donde hubo mayor educación en Alemania, fue durante la época hitleriana. Desolador), aunque supongo en algo se debe creer, y venga, creamos en la ciencia y en la educación.
Pero bueno, volvamos con Simone de Beauvoir.
En términos prácticos, hay una queja constante de que las mujeres no se acercaban a los libros, y que fue hasta que Simone de Beauvoir llegó que se descubrió la rueda del carro de la mujer 'intelectual' (cálmate amiga). O al menos, se la toma así. A mí me parece errada esa apreciación. Tan sólo bastaría analizar la selección de la pareja de los grandes escritores y pensadores. Rascarle un poquito en las dedicatorias de los libros (en los trabajos de Ernesto Sabato, están siempre las dedicatorias a su esposa, cooosito, ^_^. Obvio, en el proceso de creación de una obra, alguien tiene que servir como interlocutor -y no es cualquier interlocutor-, y no sólo eso, sino también alguien quien se ocupe de los asuntos prácticos del hogar -cocinar, pagar las cuentas del banco, ir al super. Como cualquier animal, el escritor 'intelectual' tiene hambre al menos tres veces al día, como cualquier ciudadano hay deberes con el Estado y el sistema financiero que no esperan a que 'Economía y Sociedad' esté terminada para ser solventadas), y si no están en las dedicatorias (que que ojetes serían), entonces buscarle en las historias de pareja, los diarios íntimos. Hoy, por ejemplo, corroboré este presentimiento, al ver que la esposa de Max Weber fue doctora en sociología (http://refugiosociologico.blogspot.com.es/2013/03/las-madres-de-la-sociologia-el-papel-de.html). Los grandes escritores de antes del siglo XX no estuvieron casados con n'importe qui', necesitaron una interloctura, y esa interlocutora seguro nació antes que Simone de Beauvoir.
¿Qué más? Me parece también peligroso no prestar atención a las rupturas que cada mujer va haciendo respecto a la generación anterior. Por ejemplo, mi abuela María no fue a la universidad. Sin embargo, ella salió de San Bartolo Morelos, en el Estado de México, de una familia otomí, a los 11 años directo al internado, porque quería aprender a leer. Un internado entre las montañas cerca de Toluca, donde les enseñaban a hacer mermeladas y a leer. Acabando el internado, a los 18 años, llegó sola a la ciudad de México en los años cincuenta en pleno apogeo industrial y urbano de la ciudad para trabajar en una mercería, donde le daban el hospedaje y alimentación. La distinción, como lo llamaría Bourdieu en su trabajo de 1979, de mi abuela María respecto a sus hermanas fue utilizar vestidos, cintos y uñas largas. Conocer a Miguel Barón, señor de un metro y noventa, blanco, en una feria y casarse con él. Y bien o mal ('haiga sido como haiga sido'), vivir en la colonia Portales en la ciudad de México, y no en San Bartolo Morelos, a donde no quiso regresar porque todos hablaban de todos, y encima debía cocinar en los entierros para toda la comunidad. La urbanización, el progreso traído con los vestidos, las uñas largas y un hombre distinto de los hombres del campo de San Bartolo. Además, esto es cosecha mía, usar excusado, en vez de estar en pleno campo con el peligro de ser mordido por los puercos del corral (asi murió el tío fulanito de tal).
¿Y Simone de Beauvoir? Con mis amigas, sigue siendo tema de discusión, aunque me parece ahora un poco ocioso: todas nos conocimos en níveles superiores a la universidad, en el extranjero, hablando más de tres lenguas, y con una experiencia básica en la cocina. Sin embargo, su nombre ha motivado otros nombres, lo cual siempre me da gusto. Por ejemplo, hablando sobre Simone de Beauvoir con mis amiguitas cuando estaba en Suecia (no sé porque es un tema recurrente en ese país. Una vez mis juicios sobre diosa Beauvoir, terminaron en reproches por parte de mi amiguita Miwon: 'How do you dare to speak like that about Beauvoir?'), resultó que una vecina de Karo, importante feminista en Suecia, está impulsando una reforma para que las chicas hablen en los salones de clases, y no sean los hombres con el monopolio exclusivo de la palabra oral. Es decir, que mis ex alumnas como Ruth, Lucila o Leslie se animen a exponer sus puntos de vista, y no sólo sean Julio, Salvador, o Edgar. Esta feminista, muy bien, en pro de que se afinen las cuerdas bucales de las chicas.
Como sea. Si es de feministas, yo me quedo con Domitila Chungara, muerta hace un año, quien peleó contra la dictadura y las mineras en Bolivia, refugiada en Suecia. Ella me cae bien por su idea de que el hombre y la mujer deben pelear cote a cote, y el reconocimiento a las compañeras que estuvieron con sus hombres peleando contras las mineras (http://revistalamalapalabra.blogspot.fr/2012/03/murio-domitila-chungara-la-ama-de-casa.html). Después de que viví en la comunidad La Lupita, en Guatemala, comunidad de retornados de México, donde hay una organización de 'mujeres', receptora de fondos de organismos internacionales catalogados para la 'mujer', me quedó más claro. Los fondos que recibían las mujeres eran destinados para la parcela trabajada en conjunto con el marido. Era para el conjunto familiar, a pesar de los miles y millones discursos sobre el 'género', donde las 'mujeres esto' y las 'mujeres el otro', y 'tantos quetzales para las mujeres', las cuales al final deciden invertirlos en el maíz, o en el mango, o en el ganado. Esto es así en comunidades rurales e incluso de servicios (por ejemplo, la zapatería de mis padres, o las de mis tíos). La propiedad no es individual, sino conjunta entre el hombre y la mujer. Ambos van côte à côte. Al menos en principio.
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